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Alicante y las Hogueras: sabor a duende

Vicente Hipólito
Artículo aparecido en el llibret de Florida-Portazgo de 1968

No he nacido en Alicante, ni en su provincia. Mis ojos no vieron por primera vez, al venir al mundo, ni el verde de estas palmeras, ni el azul de este mar. Soy nacido y criado en tierra de garbanzos, de sol y llanura árida y sedienta; en tierra donde vive el toro de lidia y la lagartija, crece el alcornoque y la mujer cubre su cabeza con manto negro. De donde cada piedra —y hay muchas— es historia y cada pregón una llamada al ayer, a la tradición. De Cáceres —mi tierra— un día, con quince años recien cumplidos en la mochila de mi corta andadura, mis recuerdos, mis penas, mis ilusiones, mis lágrimas, me vine de la mano de mis mayores; a seguir la vida en un escenario distinto, desconocido, nuevo y sugestivo a la vez. No he nacido en Alicante, ni en su provincia —ya lo he dicho— por eso, permítanmelo, creo que puedo ser más objetivo, más ecuánime en lo que sobre él diga cualquiera que haya visto la primera luz a la sombra de sus castillos, por aquello de la lógica pasión.

Verán; recuerdo que en los primeros meses de mi estancia en Alicante, era todavía estudiante de bachillerato, me iba al paseo de Gomis, el antiguo, repleto de palmeras y con su puente ya desaparecido, y allí, sentado en un banco frenteal mar, estudiaba. De vez en vez me distraía, recordaba mi ayer y me fijaba en las blancas y azules olas que desde no sé donde, venían a estrellarse, mansamente, con calor, sobre la suave arena —una, otra vez, incansables— y al rato me sentía transtornado por el azul, el blanco que se movía a mis pies, por el verde que lo hacía sobre mi cabeza, por la belleza del conjunto. Así me pasaba horas y horas, encandilado, con el libro de texto abierto y olvidado —qué lejos, Dios— entre mis manos. Aquellos ratos los recuerdo siempre, con cariño, con amor, con nostalgia de aquellos rincones cambiados. A partir de entonces me empezó a ganar la millor terreta del mon.

Después conocí a sus hombres —su carácter: abierto; su amistad: recta; y su alegría: sana y contagiosa—; sus costumbres, sus formas, su trabajo y sus fiestas. Me adapté y me sumé a todo como un alicantino más, comprendiéndolo y sintiéndolo.

Quizás —que puede que yo ande algo despistadillo— en estos artículos de un llibret sanjuanero, haya que hablar de las Hogueras, de nuestras fiestas cumbres; bueno, pues eso vamos a hacer, advirtiéndoles —eso sí— algo: no nos gusta ni ser pesado ni echar humo de alabanza sobre lo consabido y archiconocido.

No descubrimos nada nuevo si nos referimos a su originalidad, con cierto paralelismo a las de la capital de la región, pero cada una con su propia personalidad, sus tonalidades diferentes. Nos gusta su colorido, su ruido, su alegría, su costumbrismo, su tradición llevada y conservada con mimo por don Tomás Valcárcel. No sé, quisiera decir cómo veo las Hogueras —mejor diría sentir, porque no es resbalar la mirada sobre la fiesta—, sin comparar, porque eso no puede ser, y decir qué son —no, cómo—. No sé, creo definitivamente que lo que les pasa a todos los alicantinos es que las sienten, las viven.

—Ché, te lo digo de verdad: la Fiesta se lleva aquí dentro.

Y uno, sin haber nacido ni entre el verde de las palmeras ni el azul del mar, está en eso: vivirla, sentirla y encontrarle el auténtico sabor que, como al vino de calidad, le distingue.

Ustedes perdonen que desvaríe un poco, que me vaya por un lugar que parece que no converge con el que sigue. Pero tenía necesidad de hablar de mi cariño a Alicante —él me ganó—, de mi fervor por las Hogueras, sin que cuente tradición en estos sentimientos. Alicante, sus fiestas, en fin, me han ganado.

Permítanme ser feliz, que sin olvidar mi terruño, me considere un alicantino y foguerer más, que espera, ilusionado, la hora de la plantá.

    

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